Qué dificil hablar del ‘tetazo’ cuando durante los ultimos días, en este blog, he venido siendo acusado de misógino por atreverme a separar la esfera ética de la estética en el caso del anestesista Billiris. Suponer que el mundo de lo bello y lo bueno van juntos es suponer que, como en la Antigua Grecia, lo privado y lo público son ámbitos indiferenciados. La situación actual está en las antípodas de eso. En épocas de Tinder, sexo con drogas y fetiches, la duplicidad de la moralidad burguesa está siendo expuesta con una violencia pocas veces vista.

Quiero comenzar mi argumento contandoles de mi amigo Ziv con el que tomé un café ayer. Ziv es casado y tiene un hijo divino y quiza por el hecho de que no voy a estar, al menos por un tiempo, basado en Londres, se animó a contarme que antes de casarse, estuvo seis meses ‘prisionero’ (esclavo?) de una dominatrix en, lo que podria denominarse, el circuito subterraneo londinense de sexo con role playing y ‘dominación’. En la parte psicótica de mi consumo, yo tuve experiencias como prostituto que no estaban motivadas por el dinero sino por la adrenalina de estar viviendo en un hotel cinco estrellas y ser pagado por sexo. Desde ya que algo pudo haber salido mal y hoy no estaría contando esta historia. Lo mismo va para mi amigo Ziv.

En la Argentina, el caso del anestesista puso en evidencia una cuestión que es la de los peligros del sexo casual con drogas (‘chemsex’) con desconocidos. Creo que en este punto no se puede pasar automáticamente a disculpar a todos los participantes por ser u hombre o mujer, víctima o victimario ya que la adrenalina de estar con alguien desconocido haciendo ‘borrón y cuenta nueva’, sin compromisos ni expectativas previamente frustradas,  hace a lo excitante de la experiencia. Digo esto porque en una sociedad consumista en la que todo es categorizado, el sexo, en muchos casos, ha dejado de ser una cuestión de sociabilidad para ser una de consumo. Sin ir más lejos, una de las consecuencias del uso contínuo de Grinder o Tinder es que los participantes dejan de interactuar como entes sociales para pasar a teclear opciones en sus pantallas. El lenguaje en estos applications se usa de manera descriptiva (con medidas y atributos, generalmente del cuerpo y los genitales) y cuando dos personas se reúnen, se abre la puerta, se apaga la luz (o no), palo y a la bolsa. Hay gente que vive años de sus vidas de esta manera teniendo un tipo de sociabilidad limitada al silencio de las opciones digitales y el sexo alterado. Esto, indudablemente, genera un nuevo tipo de sociabilidad anti-social.

El tema de las categorías de consumo sexual no pueden ser menospreciadas ya que, hoy por hoy, las opciones no son simplemente activo o pasivo. Para dar un ejemplo, mi ex griego, Konstantinos con quien sigo en contacto y quien, al final de nuestra relación (en realidad, la misma, finalizó tras esta revelación) me confesó que su forma preferida de tener sexo era simulando que se estaba muriendo con convulsiones. El no se drogaba pero yo la única vez que me pude atrever a satisfacer sus deseos fue porque lo había hecho. Si esa situación se sostenía en el tiempo, quién sabe cuáles hubieran sido las consecuencias. Sobretodo si se tiene en cuenta que parte del arsenal hubiera incluido distintos tipos de estrangulamientos que, de entrada, rechacé hacer. Pero hay sociabilidades anti-sociales cuya performance paradójicamente sexual y solitaria se mantienen gracias a las drogas y hay gente que vive años de sus vidas así (doy fe). Durante ese tiempo, la mente vacía el espiritu y se focaliza en lo oscuro del otro. Ese es el caldo de cultivo para la desconfianza, la paranoia y el materialismo tanto del robo como de la pura corporalidad. Unos centimetros mas de pene solo ceden su lugar de precedencia a un poco más de droga. Si a esto se agregan las fantasías violentas que funcionan como válvulas de escape para la exigente doble moral burguesa  (sin ir más lejos, la lectora Kika se referia hoy, de manera un tanto maníaca, a sus fantasias de violencia controlada e infidelidad con el 13 nominado a Chongo Lanp 2016, Hugo Alconada Mon), los ingredientes para que un psicópata como el anestesista y un cordero sacrificial como la joven golpeada están servidos. Esto crea un polo magnético que atrae a gente no solo interesada en la diversión sino también a psicopatas a quienes el daño, sencillamente, les calienta. Pero todos acuden a ese polo como si fuera la Mecca y nadie puede evitarlo aún sabiendo que el costo puede ser muy alto. Ese es el punto en el que uno se droga o tiene determinado tipo de sexo aun sabiendo que, en realidad, no es eso lo que le gusta.  Durante mi época de consumo, me crucé con gente que había sido drogada y violada durante días. Eso no hizo que durante un tiempo más yo me expusiera a ese tipo situaciones. Muchas veces creo que mi contextura física y mi cara evitó que terminara mal.

Hay algo profundamente infantil en el sexo casual y tambien en querer ponerse en bolas en donde sea. Esas conductas infantiles funcionan como válvula de escape de una sociedad hiperreglamentada al punto de la asfixia. El ‘tetazo’ toca este tema en dos puntos. El primero es razonable y tiene que ver con que se permite la cosificacion de las mujeres en TV fuera del horario de protección al menor al tiempo que se usan veinte efectivos policiales para reprimir a un grupo de mujeres que hacen topless para no broncearse con marca. El segundo tiene que ver con lo excesivo de enviar veinte efectivos para una tarea tan menor como esa. Hay algo desproporcionado en el accionar policial e, indudablemente, alguien quiere enviar el mensaje equivocado.

Esto nos lleva a un tema que yo como (casi) ‘extranjero’ veo en Buenos Aires y es un regodeo o, mejor dicho, una obsesion casi fetichista (y fijense cómo se vuelven a cruzar los temas) por el cumplimiento de reglas cada vez más estúpidas. Hay algo muy argentino en el querer doblegar la voluntad del otro buscando la oportunidad para decirle lo que tiene o, mejor aún, lo que no tiene que hacer. Entiendo, por ejemplo, la necesidad de preservar la seguridad en un banco pero lo que no puedo entender es que yo no pueda leer mi blog en mi Iphone mientras espero mi turno para hacer un depósito. Esto es ridículo y va contra los criterios más elementales de productividad que redundarían en dejarme trabajar, ganar dinero para depositar en ese banco y así hacer que la maquinaria productiva y de empleo siga en movimiento. Cuando tengo que llevar estudios de mi mamá para que un médico de OSDE los vea tengo que esperar a que me atienda personalmente en lugar de dejar mi email y que me haga los comentarios pertinentes mientras yo sigo con mi vida. Hay un diseño de sistemas y protocolos orientado al quiebre de la voluntad del otro porque sí y esto es algo en lo que los argentinos, indudablemente, tenemos que trabajar porque empuja todas las relaciones (casi sin excpeción) al borde de la violencia. El ‘tetazo’ no es excepción. Tengo la impresión, no obstante, que estas mujeres que reaccionan contra la imposicion exagerada de la norma son las mismas que tratan de imponerlas en otras situaciones. Sin ir más lejos, en la marcha del tetazo, estas mujeres expulsaban a aquellos hombres que se atrevian a sacar una foto con sus celulares a semejante espectaculo y manifestaban a los cuatro vientos la necesidad de censurar la cosificacion de la mujer en la television que, dicho sea de paso, es otro nicho de un mercado cuyo consumo es plural y que en un contexto de liberalismo cultural, debe ser tolerado. Por favor, cortemosla con la saturacion de regulaciones. En la Argentina si hay algo que no necesitamos es más prohibiciones. A no ser que de la mano de esas prohibiciones venga la ilusion de que el trabajo de cuatro millones de empleados publicos es estable y justificado.

En medio de esto tenemos el pauperrimo nivel de nuestras feministas y lo único que tiene para decir sobre esto Malena Pichot, por dar un triste ejemplo, es que los que no dejan a las mujeres andar en tetas por las playas familiars de Necochea son unos ‘hipocritas’. Pero qué es la hipocrecia en este contexto? Digo esto porque Pichot es portadora de un apellido burgues que le permite articular, desde una plataforma específica, su discurso libertario. Dicho de otro modo, si Pichot se pone en tetas en Punta del Este, nadie le dice nada pero si estas morochitas lo hacen en Necochea la cuestión es diferente. Cabe preguntarse si no estamos equivocando el argumento y si, en realidad, la cuestión no es el ‘ni una menos’ sino el clacismo de una sociedad en la que las negritas en tetas son un peligro a la moral publica y las ricas en tetas son chic. Dicho de otro modo, si tenés jardin con pileta no hay necesidad de ‘tetazo’. Me sorprende que la discusion de clase no se haya planteado en el contexto de este debate. Y este no es un tema menor ya que el sexo casual como consumo funciona como un modo de tapar las carencias individuales y sociales (recordemos que para Lacan el deseo es estructuralmente carencia). El sexo, en un contexto Tinderiano, es droga y si esto se suma a la droga el resultado es asimptótico.

Esto nos lleva a la cuestion del ‘Ni una menos’ y la violencia contra las mujeres y para eso vuelvo a lo planteado por Kika sobre el morbo de la infidelidad y los juegos violentos. Mezclemos los problemas educativos, el machismo estructural, la droga y hagamos que este cocktail se constituya como plataforma para que ese deseo como carencia se dispare. El resultado esta a la vista. Desde ya, no estoy negando la cultura del machismo ya que en uno de los frontispicios del Partenon de Atenas (el que mira a la ciudad), los atenienses son representados dominando a la Amazonas. Mi planteo tiene que ver con la cultura sexual en la que las mujeres suponen tener iniciativa y libertad cuando en realidad coadyuvan a marcar la cancha para incrementar su propia vulnerabilidad. Cada vez tengo más la sospecha de que las principales responsables de la situacion en la que están, son las mujeres. J A T

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