Hay un aspecto de la ‘mesaza’ de Mirtha Legrand y Mauricio Macri que amerita mayor consideración y es, nuevamente, Juliana Awada. Ya a esta altura es más que evidente que la estrategia Duran Barbiana de dar visibilidad a alguien que no sabe hablar es similar a la decisión de soltar a Antonia para que todos detengan la conversación y hablen de otra cosa. La idea es, exactamente, esa… que no se hable.

En la mesa de Mirtha, las intervenciones de Awada desviaban sistemáticamente la atención de los temas que la Barbara Walters argenta debía indagar de manera incisiva y sistemática. En lugar de eso, perdió valiosos minutos preguntando lo que ya oímos una y otra vez, ósea, que se conocieron en un gimnasio, que ella cocina, que ella le pone mucho amor a las cuestiones de la casa y que no tiene una ‘bruja’. Awada llegó al extremo de contarnos que Federico Rivero (ex de Andrea Burstein) la llevó a hacer un curso en ‘El Arte de Vivir’ hace diez años y agregó: ‘un saludo para…’ … para quién? Para Rivero que la escucha desde el más allá o para Andrea Burstein, amiga de Wally Diamante y de ella. Really? Ese es el nivel de diálogo presidencial?

Mirtha Legrand estaba claramente condicionada tanto por el lugar como por acuerdos previos, si no, recordemos los pagos estatales triangulados por Nacho Viale que resultaron en escandalo y pronto fueron acallados por la prensa tradicional. El ‘entente’ entre Mirtha y el Presidente hizo que la inclusión de palabras como ‘debacle’ o ‘desconectado de la realidad’ tuvieran que ir seguidas de una disculpa inmediata. Pareciera que Chiquita está dividida entre la necesidad de satisfacer el parasitismo de su familia (que quiere rapiñar al máximo antes de su muerte) y la de dialogar con la historia dejando un dudoso legado.

La cara de incomodidad de Mirtha respecto del modo en el que Juliana Awada queria participar en una discusión para la que ni estaba preparada ni le correspondía participar se hizo evidente al punto de que mi mamá, quien habia apoyado a Macri hasta ahora decidió dejar de hacerlo porque ‘está demasiado bobo con esa mujer’. Hay algo emasculante en ella y esto, desde ya, coloca a Macri y Awada en la larga tradición de figuras mitológicas y biblicas en las que el hombre poderoso es neutralizado, al punto de no hacer lo que debe hacer, por los encantos de una mujer. Desde Venus y Adonis, Venus y Marte, Hercules y Omphale, Diana y Endymion hasta Samson y Dalilah, la mujer es presentada como un arma para desarmar al hombre. Sin embargo, con Juliana Awada esto viene acompañado de un discurso con asociaciones simbólicas más que peligrosas. Me refiero concretamente al discurso del ‘poner mucho amor en la refacción de Olivos como un hogar para nosotros’ y en ‘armé una huerta y cocino con ella’.

Tanto ‘la simbologia del amor de los Jefes de Estado mientras el pueblo sufre’ como ‘la vuelta a la simplicidad pastoral mientras lo más crudo de la modernidad genera más y más desigualdad’ asocia a Awada no sólo con la emasculante Venus sino con el discurso de la monarquia absoluta en la tradición de Carlos I y Henrieta Maria, en primer lugar, y más especificamente, si se tiene en cuenta a la huerta, con Luis XIV y María Antonieta. Esta ultima decapitada.

El modo en el que Awada interrumpía o pretendia ser escuchada, no habiendo sido votada ni teniendo el favor social suficiente para ocupar ese lugar, la coloca en un lugar muy delicado y esto empieza a notarse en su cuerpo emaciado y su pelo pajoso. Su cara ha dejado de fluir y el unico que parece seguir fascinado es su esposo. J A T

 

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