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Childish Gambino no es el típico rapero. Tampoco es, y se cansa de repetirlo en sus versos, el típico negro. Y su último video musical, no es el típico video musical. This is America. Así son los Estados Unidos retrata con maestría el estado actual de su país, la relación obsesiva con las armas de fuego y la encrucijada resultante entre eso y la segregación racial histórica.

Podría ser un video más de un rapero despotricando contra el sistema opresor, pero no. No sólo es una obra de arte merecedora de todas las interpretaciones, decodificaciones y memeficaciones para redes sociales. Es una obra de arte que forma parte de un extenso y rico catálogo de un artista, que bien podría estar redefiniendo lo que es ser afro-americano en el siglo XXI. A cada generación le tocan sus genios incuestionables. Esos que patean el tablero y reconfiguran el paradigma cultural de la época. Gambino, o su alter-ego Donald Glover podría ser el de esta camada.

El mundo del hip-hop estadounidense se mueve por carriles que divergen del mainstream, inclusive cuando el hip-hop se haya apoderado del mainstream y su influencia es prácticamente ubicua a lo largo y ancho de la cultura popular juvenil global. Así y todo, el hip-hop viene del underground, de los barrios bajos, de la marginalidad y todavía se rige bajo ciertas reglas y parámetros bastante dogmáticos que heredó del código callejero.

Uno de los mandamientos canónicos de esta subcultura es aquel que dictamina que todas sus estrellas tienen que hacerse bien desde abajo. El espíritu del hip-hop tiene que surgir del esfuerzo de auto-superación, llegar a ser alguien importante y respetado pero partiendo de ser un nadie, un pibe más de la esquina. Por eso está tan ligado al über-capitalismo estadounidense y ese mito de que en ese país todos pueden llegar a ser millonario, si se lo proponen.

El hip-hop idealiza al máximo ese mundo de fama y riqueza extrema, siempre y cuando el artista haya nacido y crecido en la pobreza y la marginalidad. Durante sus primeras dos décadas de vida, ese era el dogma máximo del hip-hop a la hora de restringir quienes tenían derecho de subir hasta la cima del olimpo del género. Eso provocaba los absurdos esperables, como que artistas de origen clasemediero fantaseasen un pasado pandillero, o que auto-limitasen su léxico a la hora de componer, para disimular su nivel educativo y sonar más “calle”.

Childish Gambino empezó su carrera como Donald Glover, comediante stand-up, actor de Hollywood (es Lando Calrissian en la nueva de Star Wars!) y exitoso director/guionista de televisión (su show Atlanta recibió elogios unánimes de la crítica). Antes de eso era un estudiante universitario, aficionado a la cultura geek, que trabajaba de niñero y soñaba con escribir para Los Simpsons. Y antes de eso era un hijo más de una familia conservadora de testigos de Jehová, donde no le era permitido ni mirar televisión.

Cuando decidió que también quería ser rapero y creó su identidad alterna (el nombre Childish Gambino lo escogió usando un popular meme que generaba nombres de raperos irónicos inspirados en el grupo de culto Wu-Tang Clan), Glover ya estaba establecido como celebridad en el espectáculo, así que ni se molestó en crearse una historia de origen ficticia, adjudicándose un pasado gangsteril. Al contrario, entró al mundo del rap con rimas repletas de alusiones a su condición de nerd, mostrándose como un sujeto frágil, vulnerable, raro. Lo opuesto al estereotipo de alfa-macho fanfarrón que domina al género, y por extensión, a la cultura de los afro-descendientes en Estados Unidos.

En ese sentido, el paralelo con Drake es innegable. Habiéndose curtido como actor en una telenovela juvenil, la super estrella del rap canadiense ingresó al olimpo del rap internacional sin la street cred obligatoria, la credencial de autenticidad callejera. Y así y todo, pese a las acusaciones de que era muy soft llegó a dominar el género y abrió las puertas para que fenómenos como el de Childish Gambino pudiesen existir.

“Me acusaban de ser Oreo o maricón”, dispara Gambino en la letra de Fire Fly, haciendo referencia a las famosas galletitas que son negras en su exterior pero blancas en el centro. La metáfora es comúnmente usada por miembros de la comunidad negra para insultar a aquellos negros que no actúan como se espera de un negro, o que se mueven por la vida como si fuesen blancos. Muchos lo han criticado en sus comienzos porque no habla con el acento y el slang característicos de los negros de la zona donde creció, Atlanta. Habla, en cambio, en un inglés convencional, académicamente correcto y algunos ven eso como una traición racial.

Esa dicotomía entre los negros que hablan y viven como negros y los que aspiran a algo más allá de las limitaciones autoimpuestas de su cultura es de larga data. Los intelectuales afro-americanos de la generación del ’60 que participaron y triunfaron en la lucha por los derechos civiles, apoyaban la llamada política de respetabilidad, que decía que para ganarse el respeto del mundo blanco, los negros debían vestirse, actuar y hablar como el la clase dominante. Todas las figuras culturales de la época, por más que tuviesen orígenes en la marginalidad, debían mostrarse como modelos de las aspiraciones burguesas, con intachable imagen y comportamiento público.

Durante la década del ’80, el hip-hop empieza a hacerse un lugar de a poco en la cultura pop norteamericana y lo hace en oposición y rechazo a la cultura de la respetabilidad que seguía dominando el mundo de la música R&B. Pero entrados ya los tempranos ‘90s con el boom del gangsta rap, hasta el R&B se transforma adoptando el léxico y vestuario del rap, y la política de la respetabilidad pasa a ser cosa exclusiva de los negros de generaciones pasadas. El negro estadounidense en los ‘90s en adelante quiere ser como se le canta, seguir su propia moda y hablar su propio dialecto, aunque eso lo pinte como bruto, y quiere seguir siendo así aún después de haber alcanzado fama y riqueza. En ese contexto, entonces, al negro que se viste “normal” o habla “como blanco” se lo acusa de traicionero, de vendido, de impostor.

Con el nuevo milenio, y especialmente después de la asunción de Barack Obama a la presidencia, el paradigma dominante empieza a ponerse en cuestión, e intelectuales negros de clase media que crecieron dentro de la cultura hip-hop, como Touré, se proponen hablar de “post-blackness”, la idea de post-negritud, de artistas y pensadores negros que si bien se definen como tales y profesan orgullo de raza, no se dejan limitar por los estereotipos y limitaciones muchas veces autoimpuestas por las mismas personas o su círculo social. Dentro del paradigma de “post-blackness” ya no existen esas profesiones, hobbies, o incluso niveles de sofisticación cultural que antes eran considerado terreno hostil para los negros. Porque ya no hay solo una definición monolítica de lo que es ser negro.

En los ‘80s les tocó a artistas pop extravagantes como Prince y Grace Jones el desafiar los prejuicios de su comunidad y apuntar más allá, anticipándose al fenómeno de “post-blackness”. Que ahora ese desafío esté presente en las entrañas mismas del hip-hop, con artistas como Chaldish Gambino y Janelle Monáe, que están redefiniendo géneros musicales así como también estereotipos raciales, habla de un giro en la cultura popular norteamericana.

¿Cómo llegamos, entonces, a “This Is America”? Después de hacerse su lugarcito en la escena de rap alternativo, rapeando sobre su condición de nerd y su obsesión por las chicas asiáticas, Childish Gambino se despachó un contundente disco en 2016, su obra maestra: “Awaken, My Love!” Un ambicioso álbum de soul psicodélico, al estilo de Sly & The Family Stone, aunque actualizado, donde no hay ni un solo verso rimado en formato de rap. Y paradójicamente, con ese disco, atípico incluso para un rapero por demás atípico, se ganó finalmente la aceptación de la escena hip-hop y su hit “Redbone” fue el primero en ingresar a la rotación de las radios de rap estadounidense, que hasta entonces lo veían con desconfianza.

Como un auténtico genio renacentista, a Glover no le bastó con haber demostrado, con creces, su aptitud para la comedia, la actuación y el rap. Tenía que hacer con su música, arte que transcendiese los géneros y triunfar con ello. Como si su motivación fuese el dejarnos perplejos a todos nosotros, simples mortales, preguntándonos dónde encuentra suficientes horas en el día para hacer tantas cosas…

Y ahí, mientras nos tenía a todos cuestionándonos nuestra propia ineptitud, y mientras él se despachó toda una segunda temporada de su exitoso show Atlanta y actuó en Star Wars y la remake de El Rey León, de un día para el otro, y sin previo aviso, nos larga este estupendo video, acompañando una canción de rap donde abunda en un inesperado uso del argot callejero, referencias a las armas y el tráfico de drogas y sampleos de las voces de muchos raperos contemporáneos de perfil más bien gangster, juxtapuestos con interpolaciones de gospel. El video lo hace aún más enigmático, con simbolismos (¡hasta alusiones bíblicas!) que el artista se ha negado a explicar públicamente. Queda por verse si este sencillo es un anticipo de un cambio radical en su imagen o simplemente una instalación artística independiente o un papel más que le tocó interpretar en su carrera actoral.

Una cosa es evidente: con su trono ya garantizado en aquel olimpo de los más grandes maestros del hip-hop, Gambino, o Glover, se ganó ahora también el respeto de toda la progresía negra estadounidense, aunada bajo el lema de Black Lives Mater (las vidas de los negros tienen valor) y se planta cómodo como modelo para toda una nueva generación de afroamericanos que crecerán sin sentir que tienen que limitar su propia experiencia intelectual o cultural simplemente por el color de su piel. Sí, Así Son Los Estados Unidos, en la era Trump, como los muestra el video, pasando de una matanza sanguinaria a una celebración, sin intermedios. Pero puede que la experiencia negra en los Estados Unidos cambie abruptamente en el futuro no muy lejano y serán en parte gracias a artistas como Donald Glover. Mal que le pese a su tocayo en la Casa Blanca.

LANP PREMIERE: 9369 COPACABANA X HORACIO INCHAUSTI

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